Antes de que lo llamaran genderless: la ropa sin género que la historia intentó olvidar
Lleva milenios entre nosotros. Lo que ocurrió no fue que alguien la inventara. Fue que alguien decidió borrarla. Y que otros, fotógrafos, artistas, diseñadores, nunca dejaron de recuperarla.
Vestirse siempre ha sido un acto político, aunque la mayoría de las mañanas no lo parezca. Lo que nos ponemos sobre el cuerpo habla de clase, de tiempo, de pertenencia, de deseo. Y durante la mayor parte de la historia humana también habló de rango y de función, pero casi nunca de género. Esa obsesión es nueva. Tiene una fecha de nacimiento aproximada y un contexto económico y cultural muy concreto. Lo que no tiene, visto en perspectiva, es ninguna lógica inevitable. Solo la fuerza de quien la impuso.
Genderless es una palabra reciente para una historia muy antigua. Antes de que apareciera en notas de prensa o en los pies de colección de los desfiles, la ropa sin género ya existía: en las tumbas del Nilo, en las calles de Atenas, en los palacios de Versalles, en un estudio fotográfico de París en los años veinte. Lo que ocurrió no fue que alguien la inventara. Fue que alguien decidió borrarla, y que otros, durante décadas y en silencio, nunca dejaron de recuperarla.
Imagina un tejido de lino tan fino que la luz del Mediterráneo lo atraviesa. Lo lleva un hombre en Atenas, en el siglo V a.C.: una túnica rectangular sujeta en ambos hombros con dos fíbulas de bronce. A su lado, una mujer lleva la misma prenda. Mismo tejido, mismo corte, mismo patrón. El quitón griego no sabía de géneros. Nadie le había pedido que supiera.
Las túnicas recuperadas de las tumbas del Nilo tampoco se distinguen, en su construcción, entre las de hombre y las de mujer. Lo que las diferencia son los bordados en el cuello, a veces el color del hilo. La prenda en sí es idéntica. No porque faltara sofisticación técnica para hacer dos versiones distintas, sino porque nadie consideraba necesario hacerlo. Como señala la historiadora Valerie Steele, directora del Museum at FIT de Nueva York, lo que la ropa marcaba en la mayor parte de las culturas premodernas era la jerarquía. El género era, en el mejor de los casos, un detalle secundario.
«Lo que la ropa marcaba en las culturas premodernas era la jerarquía. El género era, en el mejor de los casos, un detalle secundario.»
– Dra. Valerie Steele, Fashion and Eroticism, Oxford University Press, 1985
Eso incluye la corte de Versalles, que es probablemente el lugar menos pensado para buscar antecedentes de lo genderless y sin embargo es uno de los más reveladores. Luis XIV llevaba los zapatos más famosos de Europa: de tacón rojo lacado, reservados por decreto real para la nobleza. Los encajes en los puños, los bordados en oro, las sedas en colores que hoy se encontrarían sin duda al otro lado del armario: nada de eso era excéntrico ni transgresor. Era exactamente lo que se esperaba de alguien con poder. El ornamento no era femenino. Era estatus. La diferencia entre ambas cosas desaparecería muy pronto y no por accidente.
Hyacinthe Rigaud, Retrato de Luis XIV, 1701. Óleo sobre lienzo, 277 x 194 cm. Museo del Louvre, París.
En 1930, el historiador John Flügel le puso nombre a lo que había ocurrido un siglo antes: la Gran Renuncia Masculina. Entre finales del siglo XVIII y mediados del XIX, los hombres de las clases dominantes europeas dejaron de competir en el terreno del ornamento. El traje oscuro, sobrio, sin color ni adorno, se impuso como el uniforme del nuevo orden capitalista. El ornamento pasó a ser “cosa de mujeres”. Y lo que durante siglos había sido una expresión legítima del poder se convirtió, casi de la noche a la mañana, en sospecha.
La historia dejó un rastro de cuerpos que pagaron ese cambio de norma. Oscar Wilde llevó el clavel verde en el ojal como quien planta una bandera y convirtió la elegancia masculina en subversión articulada. El precio fue la cárcel, el exilio, la muerte en la miseria. George Sand recorría el París del XIX en levita y sombrero de copa y era fotografiada para ser objeto de burla. Las sufragistas del bloomer fueron ridiculizadas en la prensa antes de que nadie se molestara en escuchar lo que pedían. La imagen siempre dice lo que la prenda significa. En aquel siglo lo decía con una claridad brutal, pero hubo quien encontró las grietas y construyó en ellas.
En los años veinte, en un estudio de París, Lucy Schwob se sienta frente a la cámara. Lleva la cabeza rapada, una camiseta con letras cosidas que dicen I am in training, don’t kiss me y sostiene unas mancuernas. Su pareja, Suzanne Malherbe, está detrás del objetivo. La fotografía resultante es una de las imágenes más extraordinarias del siglo XX: una persona que mira a cámara con una indiferencia que es en realidad una declaración completa.
Schwob había elegido llamarse Claude Cahun porque ese nombre podía pertenecer a cualquier género. Sus autorretratos de los años veinte y treinta son el primer archivo fotográfico de identidad no binaria en la historia del arte, aunque la historia del arte tardó décadas en reconocerlos como tales. No fueron incluidos en una exposición de referencia hasta los años noventa, cuando una retrospectiva en Nueva York los rescató del olvido. La historia del arte, como la del vestido, también sabe borrar cuando le conviene.
«Baraja las cartas. Masculino, femenino, depende de la situación. El neutro es el único género que siempre me conviene.»
– Claude Cahun, Aveux non avenus, 1930
Ese mismo año, 1930, Marlene Dietrich apareció fotografiada en esmoquin y sombrero de copa. La imagen circuló a la velocidad que entonces tenía la prensa impresa y las autoridades de algunos países le prohibieron actuar por su forma de vestir. La amenaza que representaba una mujer con un esmoquin sin adaptaciones, sin suavizarlo, sin pedir permiso era real y estaba hecha de lana italiana y de película fotográfica reproducida en millones de portadas.
Treinta y seis años después, Yves Saint Laurent presentó Le Smoking y Helmut Newton lo fotografió con una frialdad que hacía la imagen aún más perturbadora. El mensaje de ambas fotografías era idéntico: la ropa no tiene género. Los que lo tienen son quienes deciden quién puede llevarla. Eso no había cambiado entre 1930 y 1966. Sigue sin haber cambiado del todo.
Helmut Newton, Le Smoking, Yves Saint Laurent, París, 1975
Es difícil no detenerse en Billy Porter al llegar a este punto. En 2019 apareció en los Oscars con un vestido de frac de Christian Siriano: negro, escultural, impecable. Ese mismo año, la conversación que Vogue eligió para su portada fue la de Harry Styles con un vestido de Harris Reed. Porter señaló lo evidente con una honestidad que pocas veces se escucha en ese circuito: él llevaba años manteniendo esa misma conversación desde una posición mucho más costosa. «Yo creé esa conversación», dijo. Tenía razón, y que nadie se lo reconociera dice mucho sobre para quién se amplifica el discurso de la moda sin género y para quién no.
La ropa sin género no es igual de libre para todo el mundo. No lo fue para Wilde ni para Sand ni para Cahun. No lo es ahora. El acceso a esa libertad sigue dependiendo de quién la ejerce, desde qué cuerpo, en qué contexto y con qué red de seguridad.
La línea que une el lino del Nilo con las colecciones de hoy es política además de estética. Alejandro Gómez Palomo lleva años haciendo ropa que conecta directamente con aquellos mignons de la corte de Luis XIV: encajes sobre cuerpos masculinos, bordados renacentistas y tules que caen sobre hombros. No es una cita histórica deliberada. Es que la pregunta de partida es la misma: cómo vestir un cuerpo sin que el género decida por él. Eso lo sabía cualquier sastre del siglo XVII. Lo que cambió fue el siglo XIX, que convirtió esa libertad en un problema.
Palomo Spain, colección S/S 24. Diseños de Alejandro Gómez Palomo. Estilismo: Alicia Padrón. Peluquería: Kevin Murphy. Maquillaje: Marcelo Gutierrez. Fuente: models.com.
Harris Reed, exdirector creativo de Nina Ricci, define su trabajo como romanticismo hecho no binario. Sus colecciones tienen la teatralidad de quien conoce la historia del vestido y decide habitarla a su manera: volumen, encaje, estructura metálica sobre cuerpos que no se identifican con ningún lado del catálogo tradicional.
Y Telfar Clemens lleva más de veinte años construyendo desde Queens una marca cuyo lema, Not for you, for everyone, no es una declaración de intenciones sino una descripción literal de cada prenda. Su Shopping Bag es el objeto de moda sin género más icónico de la última década. No porque alguien la nombrara así. Sino porque, como el quitón griego, simplemente no le importó a quién pertenecía.
Queda, sin embargo, una pregunta sin respuesta fácil. Si la ropa sin género lleva milenios entre nosotros, ¿qué significa presentarla como una revolución? Quizás lo que ha cambiado no es la ropa sino la memoria. Y recuperar esa memoria es admitir que la vanguardia más silenciosa nunca supo que lo era.
Cada vez que una prenda cruza la línea que alguien trazó sin pedirle permiso a nadie, algo se mueve. No siempre en la dirección correcta. No siempre sin coste. Pero se mueve. La ropa no cambia el mundo. Lo que cambia el mundo es que cada vez más personas se vistan como si el mundo ya hubiera cambiado.
Oscar Alonso Lozano